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domingo, 12 de diciembre de 2010

Las crónicas del Archidemonio.

Y las llamas de infierno vuelven a lamer su cuerpo cansado, pasa la noche con los ojos abiertos, y su mente duerme conmovida por su cuerpo. Desea, desea tocar las nubes del cielo, volver a ser parte una vez más del Olimpo, porque alguna vez se sintió satisfecho, pisó ese paraíso que creía inexistente, lo comprendió, y sintió calma por un largo tiempo, quizás no pueda vivir ahí, en el lugar que considera perfecto, pero se tranquiliza al saber que simplemente existe, existe y existió, y nunca podrá ser imitado ni ser vuelto a transitar, qué importa no estar ahí para siempre, las horas vividas son suficientes, ¿o no?
Los mira a todos, y él, el archidemonio, llevaba el infierno en sus entrañas; nada impide que avance, que recorra con sus pasos mutantes los suaves pisos de la eterna soledad, quién maneja el tiempo en este mundo olvidado por los humanos, podía seguir los pasos de nadie, podía hablarle a la nada, podía vivir eternamente pero jamás morir, la tortura era eterna y no se permitía el consuelo de la muerte.
Por qué, por qué tenía que estar él ahí tan solo, siendo que el mundo no es tan injusto con la vida en la tierra, todos tienen segundas oportunidades, siempre existe el consuelo de los demás seres humanos, el consuelo del fin, el consuelo de un alma apaciguada; pero no, para este ser, las oportunidades de existir en ese paraíso se habían acabado, era todo tan estúpido y evidente, qué importaba lo que deseara, qué importaba que aún tuviera corazón, qué es lo que corresponde hacer en este caso, dormir, seguir durmiendo con los ojos abiertos.
Lo peor de todo, lo último que podía regalarle el universo fue la conciencia, la tortura eterna de la memoria y el sentido de la realidad; que aunque a veces se viera afectado por la incapacidad de distinguir la luna y el sol, lo mantenían atado a la vida, a la nube de cenizas que cubría su techo eterno, ojalá pudiera habitar como una bestia, instintiva, sólo guiada por el placer y la incansable habilidad de evitar el dolor.
Y ahí se encontraba en un día de esos, en la mazmorra del olvido, rodeado de cancerberos, los perros de tres cabezas imaginarios, sin guardias sin límites, sólo él y el mundo en el que se encontraba, no lo dejaban salir, tampoco lo dejaban mirar.
El deseo de volver a ese capullo, a esa flor naciente, a la nada misma, al principio, al retoño del cual alguna vez fue parte, el inicio de una desgracia tras otra, los gemidos que auspiciaban la llegada de la más horrible de las calamidades; él y su existencia absoluta y perenne, sumido por el total silencio, inmerso en las horas que llevaba contadas, dos mil quinientas sesenta y nueve multiplicadas por seis mil millones cuatrocientos sesenta y tres. Llevaba sus cuentas cómo nadie lo hacía, nadie más tiene el tiempo para contar y ordenar sus ideas al mismo tiempo, él, sin necesidad de alimentar su cuerpo, sin tener que respirar, apeteciendo la compañía de otro ser con conciencia, o al menos un perro que le hiciera fiesta; no podíamos culparlo de maldecir a la vida, a la maldita vida que lo había traído hasta ahí. Incontables son las crónicas del Archidemonio, unido con el mismo vigor a la sutileza de la existencia como lo había hecho el mismo monstruo que creo Frankenstein; maldice, maldice y mira hacia ese firmamento sin estrellas ni planetas que le inspiren pensamientos de paz y compañía; cómo será la subsistencia si el mismo sol y la luna te han abandonado...
Pasaron los segundos, las horas, los días, los meses, los años, y tal fue su convivencia con su propia mente que experimentó lo que se llama la perdida total del habla y de su cuerpo, presenció como su lengua se atrofiaba y sus labios se unían en una capa de piel, como sus fosas nasales dejaban de ser dos orificios para convertirse en una sola manta de carne, hasta sus orejas desaparecieron como tales; en una existencia en la cual no se respira, no se come, no se oye, y sólo se mira, quién necesita boca, saliva, oídos, cerumen, lengua, vacíos en la piel.
Y, de qué es culpable, es culpable de existir, de haber nacido con un único fin egoísta de parte de todo lo demás que pueda encontrarse, el mundo no puede hallarse tranquilo y justo si nadie merece lo que es realmente injusto, entonces todos se pusieron de acuerdo para condenar a un solo engendro, y lo llamaron: el Archidemonio. Más demonios eran todos los demás, verlo ahí, tirado, inmóvil, como muerto, pero más vivo que nadie, solo, sellado por todas partes, inconcluso, volviéndose una masa, pero con pensamientos humanos, su mente tan desarrollada, su cerebro creciendo, su materia gris queriéndose escapar por las orejas, hasta por fin ser sólo eso, un montón de sesos e inteligencia, qué pena y qué envidia me causa, cómo sería pensar sus pensamientos.
Todo el universo estaba de acuerdo con dejarlo ahí, en esa tierra de nadie, en ese mundo que no es mundo ni planeta, la escoria de toda la historia de la vida, la ultima "chupá del mate"; cómo pueden todos descansar mientras él, mi querido Archidemonio, ve como su cuerpo se va desintegrando y se entrega a la roca en la que se encuentra acostado. Qué reflexionará en este momento, sí sólo me dejaran visitarlo, conocerlo, y quedarme ahí con él conversando, convertirme en lo mismo, lamentablemente sólo en mis sueños, porque yo tendré que morir algún día, y lo dejare más solo todavía... no, no puedo hacerle eso, mejor me mantengo aquí, en mi lugar escupiéndole al cosmos que le provocó esto a él, al eterno.
Todo, todo se ve en llamas, rojizo, amarillento, obscuro, nocturno, infernal. Qué envidia, y pobre de él, que será despreciado por lo que no es y yo despreciada por lo que de sí soy. Sueño en las noches, sueño con él y muchas veces antes de dormir imagino conversaciones eternas con esta criatura que tanto me inquieta, qué noches más eternas, qué milagros harían en mí un par de palabras de él, maldigo todo, vuelvo a escupir al cosmos.
La desesperación alguna vez agotó su calma, es destino injusto al que había sido condenado le helaba la sangre y se la hervía de un momento a otro, y qué consuelo le quedaba para no esperar el fin, sino para aguantar la eternidad, ese consuelo era la inocencia, su conciencia tranquila frente a todos, él debía cumplir su misión, pagar por no haber hecho nada, y dejar vivir. No era morir para que otros vivieran, era vivir en el infierno para que otros pudieran por alguna vez tocar ese paraíso que él sabía que existía, qué egoístas seres que rechazan la vida, que matan a otros, que se atreven a cuestionar la existencia de la felicidad, qué idiotas y humanos seres... y en eso se fueron sus pensamientos, y pasó de odiar a las generaciones de hipócritas sujetos, a aceptar su condición, prefirió perdurar todo lo que se puede en la historia del todo y de la nada, y así se liberó... yo no lo podía creer, ya convertido en una masa, un cráneo conformado simplemente por un cerebro se lanzó a la autonomía; el espacio completo se sorprendió, necesitaban un ser que sufriera, que no fuera feliz por explorar sus capacidades casi eternas, no, de qué servía el optimismo donde tenía que haber cólera y sufrimiento; qué gran decepción se llevaron, lo dejaron ir, y en ese mismo momento: el aire, la comida, la sangre, los oídos, la nariz, los brazos, las piernas, las glándulas, la lengua, los sentidos, el hígado, los riñones, el corazón... fueron necesarios, era uno más y un pobre cerebrito no podía sobrevivir, y se acabó, esa cruda realidad había sido sólo un mal recuerdo y el privilegio de la muerte rondó fácilmente sus casi cenizas poco humanas; feliz por ti, feliz por mí, hermoso ser, hermoso sólo con los ojos de mi alma impura, nos vemos en la muerte, pero en mucho tiempo, la vida me tiene muchas maldiciones preparadas y a ti la muerte te preparo la mejor de las sorpresas.

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