
En el momento en el que te sientes arriba, en el séptimo cielo mirando desde la cima, las cosas se ven más simples, más pequeñas, menos dolorosas. Me hace olvidar todo lo que tuve que pasar para llegar aquí. Y todo se ve maravilloso, cada hecho se unió con el otro, y formaron una combinación tan armónica y perfecta, que hermosa visión de la vida en dos minutos, que simple y teatral ojeada a mis pesares, que asquerosa y deliciosa mordida a la ironía.
Me siento con el máximo placer cuando puedo decir que, no es difícil reírse de los dolores más intensos, de los más desafortunados hechos, de los más memorables errores. Miro de arriba, me rio desesperadamente de mi desgracia, y no lloro, y con las más sinceras disculpas, me otorgo el honor de decir que todos mis amarguras fueron tan absurdas, que parecerían sacadas de un cuento de hadas, tan imaginarias, tan hechas de la nada, tan humillantes, tan humanas.
Y yo, no me rio de mí por lo que soy, me rio de lo que fui, me rio en sus caras, en su dolor que compartí cada minuto, y al final de todo me seguiré riendo, porque es la manera más sana de enfrentar la vida.
Y no es que se trate de una enfermedad, todos me llamarían loca si me vieran en un cerro riéndome de los arboles y las piedras del camino a la cima, todos me mirarían extrañados si me vieran burlándome de los rasguños y los huesos rotos que me provocó la escalada al cerro, no, no, no, no hablemos de tierra, no hablemos de mierda, no hablemos de huesos, ni sangre, ni piel. Estamos hablando de lo entretenido y satisfactorio que fue sentir el aire puro allá, en el séptimo cielo. Ese cielo no existe ni aquí ni en Japón, existe en mí, en mi forma de mirar alrededor y darme cuenta de que no tengo nada que pedir, mírenme, me encanta ver en lo que me convertí.
Cuántas veces he estado en la cima, no paro de volver al principio, es más efectivo hacerlo mil veces, para que cada vez la vista sea más preciosa.
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