Ojalá pudiera escribir sin inhibiciones, ojalá pudiera sólo ser yo, sin tener que dividirme en dos, sin tener esta batalla que llevo dentro, sin tener que elegir. Y mi cabeza está llena de miedos, de eternos retornos, de las mismas historias que no sé contar a nadie, porque la única forma en que podría hacerlo sería escribiendo, pero ya no puedo, no debo. Entonces busco lo que siento en palabras ajenas, leo poemas de poetas que se merecen que me cole entre sus palabras, y es tan infinita la soledad que se siente, es tan grande la impotencia de no poder escribir porque sería como tirarme al vacío, como dejarme llevar por la corriente de mis pasiones, como dejar todo atrás con pocas esperanzas de regresar. Y a veces tengo miedo incluso de escuchar canciones que me digan lo que quiero oír, de que mis oídos siempre oigan lo que quieran oír, y que mis ojos lean lo que quieren creer. Me aterra en realidad, sentir ese escalofrío que no sabe de nada, de ese optimismo que no sé de donde viene. No puedo dejar que la sinceridad escriba por mí, no puedo prometerme cosas que no puedo cumplir. Entonces me sigo equivocando, sigo errando, me sigo arrepintiendo, la torpeza se apodera de cada acto, cada palabra, cada pensamiento. Y sólo quiero recapitular, sólo quiero llegar al origen de todas las cosas que me atormentan, de todo esto que me tiene atascada en arenas movedizas de puros malos recuerdos. Por eso hay dos caras, y rara vez coincido en lo que pienso y lo que siento; entonces no sé como actúo, quién soy, si soy un lunes o un viernes, dónde voy. Y está de nuevo ese pensamiento, la pistola en mi boca obligándome a decir qué es lo que más deseo antes de morir, dudo, y la respuesta incierta me atormenta aún más.
No hay comentarios:
Publicar un comentario